Unbewust

Sobre los árboles caía el Sol rojizo del atardecer. Puesto que era fines de Marzo, el mismo era suave y el aire era fresco. Soplaba el viento de un lado a otro revoloteando la flora. Algunas flores se quebraban, otras bailaban y las más firmes quedaban sujetas a la tierra. Se escuchaban ruidos de animales, y particularmente el de unas aves que se movían por el cielo a gran altura. En el medio del monte, se encontraba una casa blanca y de techo colorado. Allí vivía una familia, madre, padre, abuelo y cuatro hijos. Trabajaban en conjunto con una tarea específica y vivían de la siembra. Por la noche, que normalmente era silenciosa, notaron un ruido extraño sobre la chimenea. A la mañana siguiente, observaron a lo lejos unos pájaros muy grandes con sus crías sobre el techo. Tenían un plumaje color gris oscuro y pico sutil pero empinado y garras enormes. Al notar esto, el padre de la familia subió y alejó a las aves. Pero a la hora siguiente, éstas volvían al mismo lugar. A veces pasaban horas, a veces días, siempre volviendo al mismo lugar. Hasta que el padre desistió, cuando el abuelo de la familia le comentó que no eran aves normales. En la región se las hacían llamar Unbewusst. Estos pájaros una vez que encontraban nido, era muy difícil sacarlos de ahí. Opinaba que, de alguna manera, las aves se encontraban viviendo antes que la familia. Por lo que no se sabía quien era dueño del territorio: las aves o las personas.

Un día, unos de los hijos varones se encontraba débil. Él era quien se encargaba de cerrar la tranquera para que no entrase animal alguno a la cosecha. Con el correr del tiempo, se enfermó y luego murió a causa de una enfermedad desconocida. En aquella zona rural, la medicina era escasa. El dolor de la familia se sentía, aún cuando pasaron los días. El padre, de alguna manera pensó que quizás la enfermedad de su hijo comenzó cuando las aves se asentaron en el techo. Y efectivamente, mientras más aves habían, más integrantes de la familia iban debilitándose o pereciendo. Buscaron muchas alternativas dentro de sus posibilidades para poder sacar a los pájaros del tejado. Pero éstas aumentaron en número, debilitando todavía más a las personas de la casa. Eran pájaros de tan magnitud que la estructura misma de la casa se estaba debilitando. Hasta que un día la casa se cayó sobre sus cimientos. Ahora, lo que quedaba del lugar les pertenecían a las aves.

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Soltar y dejar las cosas en su lugar

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Pienso en cambiar muchas veces, pero no logro hacerlo. A veces, doy lo mejor de mi y no existen muchas modificaciones a la realidad. Pensaba que la realidad es muy dura de roer, que existen personas que se criaron o tienen dones específicos para tratar a la vida y hacer lo que quieren. Pero hoy me doy cuenta que no.

Cuando busco el cambio, ¿realmente estoy buscando el cambio? Qué significa la palabra “cambio”?. El cambio de la realidad que a uno le complica la existencia, muchas veces no se da no por falta de voluntad, sino por falta de dar con la tecla justa. Podemos hacer todo el esfuerzo y estamos tratando de mover algo que de ese modo es imposible de mover. Por eso, adentrando en la psicología de todos los días, me parece que lo principal, es verse primero a uno mismo. Observarse y tomar nota por unos días. Después, tranquilos, vamos a ver qué podemos hacer. Pero primero es necesario tener un registro del presente y de lo más cercano a la realidad que tengamos. ¿Ya está todo anotado? Bueno, ahora es tiempo de hacer contabilidades y de ser sinceros. Saber qué a uno le gusta, lo que a uno lo mueve, lo inspira, le hace saltar el corazón, se le pasa el tiempo volando. Éso es lo que a uno le hace felíz y te acerca a vos mismo. Ah, no sabes lo que te gusta, ningún problema. De eso se trata esta nota. De buscar las cosas que hacemos en principio y de esas cosas separar las qué nos hacen sentir mal o alejar de nuestra felicidad. A veces puede ser un saco viejo, a veces tu auto, a veces tu madre, a veces tu esposa o a veces tu hijo. Pero ésta es la parte más difícil de todas, aprender a soltar. Porque ojo, siempre vas a encontrar la excusa perfecta para quedártelo. Pero desde ya es una ecuación simple y matemática: hay que aprender a soltar lo que nos hace mal para estar bien y poder ser felíz. Aprender a soltar, no es simplemente soltar y listo. Es aprender a soltar y dejar las cosas en su lugar. Dejar las cosas en su lugar, nos deja la tranquilidad de poder seguir en nuestro camino. Sino se produce lo que yo llamo un bucle.

El bucle es como la escalera infinita. Estás subiendo, estás bajando pero siempre terminas en el mismo lugar. Y por más que corras, y te entrenes por correr más rápido, siempre vas a terminar en el mismo lugar, usando todo tu potencial, tu paciencia y energía en un bucle.

Escalera-infinitaObserva la imagen. Estarás corriendo eternamente hasta el último aliento en un mismo lugar, sin poder conocer otro. Y como lugar, son oportunidades. Estás bucleando en algo que tenes que dejar soltar y ponerlo en su lugar para comenzar a ver, aprovechar, a probar y vivir nuevas oportunidades. Y como lugar, son sentimientos. Estás bucleando en esos sentimientos que te tiran para abajo. Que cuando estás disfrutando, tocan la puerta de tu alma y te bajan la música de la fiesta, te tiran la comida y te dicen “acá no se divierte nadie”. Y como lugar, son personas. Esas personas que estuvieron en tu pasado o están en tu presente y vienen a vos para que no puedas salir de esa escalera.

Y acá es donde hay que aprender a ver, observar, registrar, separar, decidir, soltar y ponerlo en su lugar. Si todavía no aprendiste a decidir, no existe más fuerza de voluntad que la de amarse a uno mismo. Éso te va a ayudar mucho a decidir. Cuando lo veas, lo observes, lo registres y separes lo que te hace bien y lo que te hace mal todo en un papel, y todavía tenes dudas; será mejor que pienses que sin ese cambio, no  existe felicidad en tu vida. Hay que aprender a ser tajante, pero lo suficientemente diplomático como para que el corte no genere resistencia o dramatismo. Y esto es soltar y dejar las cosas en su lugar. Y acá viene la parte más divertida de todas. Porque ésto puede ser doloroso, difícil y complejo, pero uno tiene que ponerle las ganas y la diversión y demostrar maestría a uno mismo. Si vas a hacerlo, tenes que pensar en el cómo. Usa tu imaginación. Usa las herramientas y recursos que te sean necesarios. Y sí, podes hacer lo que quieras que te resulte necesario, dentro de un contexto social. Sé que a veces resulta imposible, por ejemplo, despedirse de un ser amado que ya no está. Pero esto no significa que no puedas soltar y dejarlo en su lugar. Podes escribir su nombre en un cuaderno y anotar todo aquello que necesites decir y descargar. La podes llevar a algún lugar característico que tenga con esa persona y la podes enterrar o romper y soltar los trozos al viento. Necesitas decirle algo, podes ir cerca de un tren y gritarle al tren todas las cosas que necesites. Usa tu imaginación. Es importante desprenderse y que eso quede en su lugar. Imagina que estás caminando en un camino hacia la felicidad. Ese camino es tu vida, sabes que tuvo un principio y va a tener un fin. A veces cargamos piedras sin darnos cuenta o sí, pero luego olvidamos que la llevamos y para qué. En medio del camino, te sentís pesado, sin energías y que no podes llegar a la meta de la felicidad. Bueno, es hora de dejar las piedras en el camino y no en cualquier parte como en el pasto para que no pueda crecer más. Así, la conciencia sabe que hicimos algo bueno por nosotros y por los demás sin estropear el camino, ni para nosotros ni para nadie. Sin perjudicar la naturaleza de las cosas. Porque al fin y al cabo, si me estás leyendo, es porque tenes capacidades, como todo ser humano de hacer grandes cosas, empezando por vos.

Mi pasado

Ok, ésta es la historia. Se juntaron una banda, pero una banda de partículas en un sólo “lugar”. Estaban todas comprimidas hasta que en un momento, ¡bang!. Partículas por todas partes, formando esto y aquello. Era el caos mismo. Al parecer, no era la primera vez que sucedió. Formaron, entre muchas cosas, una gran roca elipsoide. Luego se congeló. Luego, se derritió.

A una gran distancia lejana, un cacho de roca, con todo su fulgor y velocidad fue a parar caprichosamente a la elipsis, llevando consigo muchas moléculas, algunas más evolucionadas que otras. Al bajar a las profundidades de agua, las moléculas comenzaron a explorar aquí y allá. El caos reinaba el lugar. Su vehículo, enterrado más al fondo ya no los llevaría a dónde vinieron. Así que, para poder sobrevivir en el nuevo hogar, tuvo que relacionarse, luchar, adaptarse, evolucionar. Así fue que de una partícula a otra a través del tiempo, fomentó capacidades nuevas en las próximas generaciones. Una vez colonizado en esas profundidades, se preguntó ¿qué hay más allá?, mirando hacia arriba. Y la curiosidad lo llevó hacia arriba. Salió del agua, luego de otras tantas generaciones. A todo esto en las noticias salían todas clases de problemas que afectaban su entorno. Pero no dejó que el miedo lo paralizara. Fue cuando salió, miró alrededor y puede que haya visto otros ya habían hecho lo mismo hace un tiempo y que hayan evolucionado más tempranamente. Posiblemente, como sucede a menudo, el lugar estaba lleno de vecinos, de familiares cercanos, lejanos y muy lejanos. De nuevo, había caos por todas partes.

Desde las partículas viajando millones de millones de millones de kilómetros, a una especie de roedores indefensa pero oportunista. Éstos roedores debían resguardarse de otras partículas evolucionadas y más grandes. No existía esperanza alguna que pudiera sobrevivir a tal ambiente peligroso y otras tantas veces nefasto. Todo esto, obligó a los roedores a vivir en el suelo. Pero una ayuda exterior, chocó con la gran elipsis, dejando a los más grandes muertos. Así fue que pudieron salir de nuevo de adentro hacia afuera, de abajo hacia arriba. Y evolucionó como un mono.

Es interesante pensar que tanto las partículas de la elipsis, como las rocas que chocaron en ella, como las partículas que fueron evolucionando, alguna vez estaban comprimidas y se tocaban unas con otras. Pero ahora, luchaban por encontrar su propio espacio y sobrevivir al entorno que, como toda partícula, busca perfeccionarse. En cierto aspecto, parecería que todas ellas, estuvieran llenas de energía vital.

El mono que vivía de aquí para allá, alimentándose de frutas y vegetales, gracias a la vitalidad de cambios que sufría la gran elipsis, tuvo que adaptarse a los cambios. Primero, de vivir en un lugar lleno de alimentos y de un óptimo clima, lo llevó al límite de sobrevivir. Los árboles, lugar donde vivían los monos para poder escaparse de otras criaturas más fuertes, comenzaron a secarse por el calor. Los monos tuvieron que desarrollar sus pulgares, a caminar en dos patas, cuando siempre lo hicieron en cuatro. La misma Tierra los sacó de su comodidad de árboles y alimentos, dejándolos a la par con otros animales más fuertes. Para sobrevivir, comieron comida que otros dejaban y que nunca habían comido, utilizaban todo lo que encontraban a su alcance alrededor de su entorno. Los llevó a crear, a elaborar estrategias. Y entre tanta evolución, ya podía pensar espiritualmente. Miraba en la oscuridad, todos los puntos blancos que estaban sobre ellos desordenados en un gran caos. Se preguntaban ¿qué eran?.

Así fue que caminó de aquí para allá. Los viajes lo premiaban con experiencias. Experiencias que le servían para evolucionar, pero a la vez para desarrollar nuevos problemas y enigmas. Las relaciones entre los unos con otros se complejizaron. Formaron grupos de personas, clanes. A través del tiempo se encontró con respuestas, pero con muchas más preguntas. El precio de la evolución, es la complejización. Pero, qué podría hacer después de todo. La curiosidad, el aprender y encontrarse con nuevas cosas, lo alimentaban tanto como el agua, las frutas y la carne que robaban de otros. Se volvieron más sensibles a todas las cosas nuevas. Se expresaban, y así evolucionaron partes de su cuerpo, como la laringe y parte de su cerebro frontal para poder expresar, comprender y comunicarse mejor.

Éstas partículas evolucionadas a lo largo de la historia, colonizó la elipsis. Descubriendo lugares nuevos para algunos. El clima del más fuerte, llegó a ellos. Ya peleando los unos con otros, hizo que comenzara una guerra entre muchos clanes que ahora tenían un enorme número de personas. Algunos y otros viajaban para evitar la muerte. Llegando a otros países desconocidos. Se conocieron los unos con los otros. Vivieron nuevas experiencias. Era de nuevo el caos, de nuevo en un lugar desconocido.

Así, luego se conocieron, de alguna manera compleja dos personas que tuvieron sexo, y luego de casi 9 meses, nací en la elipsis.

Al intentar comprender esta gran linea de sucesos a través del caos, me lleva a reflexionar que tanto como yo, como un otro, somos parte de lo mismo. Siempre fuimos parte de lo mismo. Y, como “parte”, somos partículas en un lugares desconocidos, evolucionando. Somos siempre extranjeros, en un lugar distinto para explorar y adaptarnos.

introspección

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Cierto día, bajé al sótano en busca de algunos materiales viejos que tenía ahí guardadas. Encendí la luz, y entre muchas cosas viejas, sucias y que me traían muchos recuerdos, vi una puerta en el piso. Nunca la había visto, o por lo menos no la recordaba. Una puerta llena de polvo, por lo que se pudiese decir que no se abría hace bastante tiempo. Sentí miedo. No sabía que podría llegar a haber debajo de ella, pero aún así continué con mi intriga. Al abrirla, noté unas escaleras de un tramo que conducían de forma recta hacia la oscuridad.

Al bajar, noté que aquel lugar tenía muchos ruidos de cañerías de la casa. Allí estaban muchas de las cosas que hacen entender de donde viene el calor, el agua y la luz de la casa. Un lugar con mucho olor a humedad, escasa ventilación, mucho ruido, el techo muy bajo (me llegaba por la cintura) y poca luz. La única luz, era la que provenía del sótano. Un lugar en la casa donde no existía decoración alguna, todo era rústico y crudo. Claramente, no debía existir decoración en un lugar así. Cuando decidí subir nuevamente, noté un orificio en el que continuaba la misma escalera. De un lado estaba el piso del lugar, del otro el orificio.

Bajé nuevamente, y esta vez noté que a pesar de estar un poco oscura, había olor a azufre, sentía el amargor de sal en mi boca y en el piso había agua. En el piso ruidoso de arriba, hacía que retumbe el mismo sonido apagado y seco. Mi voz retumbaba allí. Caminando un poco, casi experimento la muerte por no ver unas escaleras que conducían más abajo.

Sin dudas, bajé. Esta vez, el tramo era muy largo hacia abajo. Tanto que sólo había silencio. Sólo silencio porque ni siquiera había luz. Me maree un poco, ya que al no tener sonido alguno, más que el pitido del oído de alguna frecuencia perdida y mis ojos completamente abiertos, pero sin poder ver absolutamente nada. Caminé unos pasos y ya me encontraba perdido. Experimenté el miedo a la oscuridad, y no sólo eso, sino que también me sentía perdido en mi propia casa. La desesperación por subir me llegó a todo mi cuerpo. Pero aún así, mi conciencia buscaba tranquilizarme, ya que la razón me decía que tenga cuidado en no pisar en cualquier parte, ya que podría caerme.

Lo importante, es que siempre que recurra a enfrentarme a los propios miedos de la propia profundidad de la casa, saber recorrer el camino de retorno como el de exploración.

Un mundo en una manzana

Cambiará el mundo cuando sepamos que no es nuestro, lo tomamos prestado.

Adán terminó de comer la manzana y tiró el carozo a la tierra. Luego de un tiempo se dio cuenta que comenzó a crecer una planta, luego árbol, luego hicieron frutos. Comenzó a comer de él. Cosechó una gran cantidad de metros cuadrados destinado para quedarse allí y toda la cosecha de manzanas. Luego, vio que muchos transeúntes y vecinos pasaban y tomaban manzanas para comer. Adán cercó su espacio. La cosecha, que ahora era su cosecha, y su lugar para vivir. Comía de este fruto todo momento y como le sobraban, decidió destinarlas para todos los demás. Compartió sus manzanas y pudo notar que algunos podían darle algo a cambió, por ejemplo por otros frutos. Decidió que a partir de ese momento, sus manzanas debían tener un valor. Dicho valor, fue aumentando de acuerdo a la demanda y antojo de Adán. Comenzó a tener riqueza. Se construyó su casa con todos las comodidades que necesitaba. Amplió su cerco, su casa una y otra vez; también amplió el número de cosecha. Necesitó de un ayudante. Luego de otro y de otro. Dejó de hacer la cosecha por sus propias manos. Pagaba a los ayudantes con una ración mínima de manzanas. Muchos comenzaron a vivir cerca de la cosecha de Adán, sobre todo los ayudantes. Por esto, Adán les comenzó a cobrar impuestos, por estar cerca de su propiedad. El crecimiento de vecinos aumentó gran cantidad, gracias a la comodidad de comida fresca y segura. Se convirtió en un pueblo, luego en una ciudad. La llamaron Adanía y tenía su bandera, himno y colores que los identificaba del resto. Muchos, con la manzana recién comprada, decidieron hacer su propia cosecha de manzanas. Adán les cobró el triple de impuesto por el hecho de ser el primero en hacerlo. Aún así, ninguna de las cosechas que se realizaban ni las riquezas por éstas, se veían perjudicadas. Adán no sólo aumentó su parcela de cosechas y número de ayudantes, sino que también comenzó a agregar químicos para que las manzanas sean más grandes, más rápidas en estar listas y según él, más sabrosas. Las manzanas que tardaban 6 meses en madurar, ahora tardaban 1 sólo. Su peso aumentó de 0,30kg a 1kg cada una. Comenzó a separar las tareas de cada ayudante. Ya no lo necesitaban y más pereza tenía Adán. Sólo pasaba por su lugar de cosecha una vez por semana. Se había ido a vivir a un lugar mejor. Miraba aquél lugar en el que había comenzado a vivir, como un lugar despectivo y en el que él ya no pertenecía, porque merecía algo mejor. Dicho lugar tenía más de las comodidades necesarias, había abundancia en todo sentido y vivía juntos a otros cosechadores. Siendo Adán el más exclusivo.

Muchos de los que vivían en ésa ciudad, ya no podían pagar los impuestos ni por las manzanas. Tampoco quedaba lugar para poder cosechar. Ya trabajo de ayudante no quedaba. Comenzaba a haber pobreza y hambre en la ciudad. Los que tenían hambre debían comer para vivir. Mientras otros derrochaban manzanas a vista de todos, los que tenían hambre, comenzaron a pedir prestado o pidiendo un tajo de manzana. Ya para cuando algunos trabajaban duramente para tener grandes y ricas manzanas en sus viviendas, comenzaron a ver despectivamente a quienes no tenían qué comer. Y por no pagar impuestos, debieron vivir afuera de la ciudad, declarándolos extranjeros. Los que ya no vivían allí, decidieron poner fin a la cuestión, dandole seguridad a sus cosechas. Los demás estaban contentos, júbilos celebrando porque habían resuelto el problema y se habían ocupado del mismo. Ya tenían la seguridad que los que estaban hambrientos no iban a ingresar a su lugar, alcanzarían las manzanas para aquellos que las pagaban y ya no tenían porque prestar o regalar las suyas. La idea de justicia, florecía en toda la ciudad.

Un buen día, los que vivían fuera de la ciudad comenzaron a sentirse identificados. Por nombre, himno y colores. No faltó mucho tiempo cuando se dieron cuenta que podían cosechar tantas naranjas como lugar en el que ahora pertenecían.